El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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—¡Levantándose! —bramó D. Eugenio.

—¿Se asombra usted? ¿Pues dónde quería usted que estuviese a estas horas un hombre de bien, sino en su casa, en su cama, y durmiendo con su legítima consorte, como manda Dios?

—¡Merceditas! ¡Ve lo que te dices! ¡Repara en que nos están oyendo! ¡Repara en que soy el corregidor!…

—¡A mí no me dé usted voces, tío Lucas, o mandaré a los alguaciles que lo lleven a la cárcel! —replicó la corregidora, poniéndose de pie.

—¡Yo a la cárcel! ¡Yo! ¡El corregidor de la ciudad!

—El corregidor de la ciudad, el representante de la Justicia, el apoderado del rey —repuso la gran señora con una severidad y una energía que ahogaron la voz del fingido molinero— llegó a su casa a la hora debida, a descansar de las nobles tareas de su oficio, para seguir mañana amparando la honra y la vida de los ciudadanos, la santidad del hogar y el recato de las mujeres, impidiendo de este modo que nadie pueda entrar, disfrazado de corregidor ni de ninguna otra cosa, en la alcoba de la mujer ajena, que nadie pueda sorprender a la virtud en su descuidado reposo, que nadie pueda abusar de su casto sueño…


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