El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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—Ha de saber usted, señá Frasquita, que estábamos yo y mi señora esta noche al cuidado de los niños, esperando a ver si venía el amo y rezando el tercer rosario para hacer tiempo (pues la razón traída por Garduña había sido que andaba el señor corregidor detrás de unos facinerosos muy terribles, y no era cosa de acostarse hasta verlo entrar sin novedad) cuando sentimos ruido de gente en la alcoba inmediata, que es donde mis señores tienen su cama de matrimonio. Cogimos la luz, muertas de miedo, y fuimos a ver quién andaba en la alcoba, cuando ¡ay, Virgen del Carmen!, al entrar, vimos que un hombre, vestido como mi señor, pero que no era él (¡cómo que era su marido de usted!) trataba de esconderse debajo de la cama. «¡Ladrones!», principiamos a gritar desaforadamente, y un momento después la habitación estaba llena de gente, y los alguaciles sacaban arrastrando de su escondite al fingido corregidor. Mi señora, que, como todos, había reconocido al tío Lucas, y que lo vio con aquel traje, temió que hubiese matado al amo, y empezó a dar unos lamentos que partían las piedras… «¡A la cárcel! ¡A la cárcel!», decíamos entre tanto los demás. «¡Ladrón! ¡Asesino!», era la mejor palabra que oía el tío Lucas, y así es que estaba como un difunto, arrimado a la pared, sin decir esta boca es mía. Pero, viendo luego que se lo llevaban a la cárcel, dijo… lo que voy a repetir, aunque verdaderamente mejor sería para callado: «Señora, yo no soy ladrón, ni asesino; el ladrón y el asesino… de mi honra está en mi casa, acostado con mi mujer».


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