El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —¡Ya está hecho el nombramiento del sobrino! —dijo entonces, tomando un polvo de rapé—. ¡Mañana me las compondré yo con los regidores…, y, o lo ratifican con un acuerdo, o habrá la de San QuintÃn! ¿No te parece que hago bien?
—¡Eso!, ¡eso! —exclamó Garduña entusiasmado, metiendo la zarpa en la caja del corregidor y arrebatándole un polvo—. ¡Eso!, ¡eso! El antecesor de UsÃa no se paraba tampoco en barras. Cierta vez…
—¡Déjate de bachillerÃas! —repuso el corregidor, sacudiéndole una guantada en la ratera mano—. Mi antecesor era un bestia, cuando te tuvo de alguacil. Pero vamos a lo que importa. Acabas de decirme que el molino del tÃo Lucas pertenece al término del lugarcillo inmediato, y no al de esta población… ¿Estás seguro de ello?
—¡SegurÃsimo! La jurisdicción de la ciudad acaba en la ramblilla donde yo me senté esta tarde a esperar que Vuestra SeñorÃa… ¡Voto a Lucifer! ¡Si yo hubiera estado en su caso!
—¡Basta! —gritó D. Eugenio—. ¡Eres un insolente!
Y, cogiendo media cuartilla de papel, escribió una esquela, cerróla, doblándole un pico, y se la entregó a Garduña.