El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Abandonemos por ahora al tÃo Lucas, y enterémonos de lo que habÃa ocurrido en el molino desde que dejamos allà sola a la señá Frasquita hasta que su esposo volvió a él y se encontró con tan estupendas novedades.
Una hora habrÃa pasado después que el tÃo Lucas se marchó con Toñuelo, cuando la afligida navarra, que se habÃa propuesto no acostarse hasta que regresara su marido, y que estaba haciendo calceta en su dormitorio, situado en el piso de arriba, oyó lastimeros gritos fuera de la casa, hacia el paraje, allà muy próximo, por donde corrÃa el agua del caz.
—¡Socorro, que me ahogo! ¡Frasquita! ¡Frasquita!… —exclamaba una voz de hombre, con el lúgubre acento de la desesperación.
—¿Si será Lucas? —pensó la navarra, llena de un terror que no necesitamos describir.
En el mismo dormitorio habÃa una puertecilla, de que ya nos habló Garduña, y quedaba efectivamente sobre la parte alta del caz. Abriola sin vacilación la señá Frasquita, por más que no hubiera reconocido la voz que pedÃa auxilio, y encontróse de manos a boca con el corregidor, que en aquel momento salÃa todo chorreando de la impetuosÃsima acequia…
—¡Dios me perdone! ¡Dios me perdone! —balbuceaba el infame viejo—. ¡Creà que me ahogaba!