La Alpujarra

La Alpujarra

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Rico y poderoso, respetado y querido en mayor o menor parte de la Tierra, debía de ser el paciente, a juzgar por su comitiva. Entre los que marchaban a pie, no solo había muchos mozos de labor encargados de relevarse en la conducción de la litera, sino algunas personas más acomodadas (colonos sin duda del sentenciado), que no se separaban de las portezuelas, o miraban dentro de la silla al través de sus pequeños y ovalados cristales. Unos y otros presentaban el más grave continente, con su uniforme traje campesino… ¡de los días de fiesta!

Los jinetes eran dos señores de imponente aspecto, semirural, semiurbano, caballeros en sendas yeguas, y una señorita y una labradora, la primera en mulo y la segunda en jumento, a cuál más circunspecta y más guapa, arrellanadas las dos en amplias jamugas, muy guarnecidas estas de pontificales colchas y almohadas… dignas de formar parte de una carta dotal.

Finalmente, cerraban la marcha cuatro mulas cargadas de todo lo nacido, aparte de lo que ocultaran sus enormes capachos. Solo por fuera, veíanse baúles, catres, colchones, cestas muy empapeladas, sartenes, ollas de cobre, trébedes de hierro, y hasta una gran jaula de mimbres llena de gallinas y pollos… vivos y cacareando.

La señorita y los dos señores constituían a todas luces la familia del infeliz desahuciado por los médicos de la Alpujarra, —el cual debía de ser viudo—.


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