La Alpujarra
La Alpujarra La joven labradora iría en calidad de dama, de la que acaso era su hermana de leche.
El equipaje y las provisiones, custodiados por cuatro escopeteros, iban, en fin, a las inmediatas órdenes de una venerable ama de llaves y directora de cocina, encaramada en lo alto de la carga más voluminosa…
¡Miseria humana! Todo aquello, que era un curioso espectáculo para nosotros y un caso de honra para la familia viajera, —el orden etiquetero de la procesión; el silencio y compostura con que caminaban todos; la pesadumbre de que hacían no sé qué enfático alarde, y el ceremonioso respeto que les infundía… la silla de manos—, ¿qué le importaba al afligido, enfermo, encerrado con sus implacables dolores dentro de aquellas cuatro tablas? ¡Para él, aquella hora y aquella cuesta no eran más que trámites neutros y pavorosos del tremendo litigio en que se ventilaba su vida o su muerte! Para él se reducía ya el mundo a estos solos términos: «¡Granada: los facultativos: su enfermedad: la salud… o el sepulcro!»
Del dinero y del amor propio había ya prescindido, como prescinde el náufrago de su equipaje.
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