La Alpujarra
La Alpujarra Flota luego mi memoria, sin salir de aquella deliciosa morada, en el luminoso ambiente de un salón presidido por una dama tan amable como ingeniosa; y allà recuerdo una agradabilÃsima tertulia; —un José, que era el amo de la casa, al cual todos le daban los dÃas—; retazos de conversaciones electorales (era tiempo de elecciones a Cortes) en favor de otro exdiputado por aquel paÃs y queridÃsimo amigo mÃo, a quien los orgivenses aguardaban de un momento a otro; —infinidad de nuevas conjeturas sobre cuál serÃa la significación del nombre de Albacete de Órgiva—; muchos obsequios y atenciones con que se nos agasajaba a los tertulios; —brindis, anécdotas, paradojas—; unas tazas chicas en que habÃa depositado sus insomnios el haba prodigiosa de la Arabia feliz; —otras tazas más grandes en que brindaba devaneos a la imaginación la hierba aromática de la China—, y un tazón monumental, en fin (la Taza de Teresa), en que otra hierba no menos preciosa, la incomparable y especialÃsima manzanilla de la Sierra, regaló al más humilde de los allà presentes su rica fragancia, su tónica virtud y su savia vivificadora—.
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Cada uno tiene su modo de matar pulgas.
(Frase vulgar).