La Alpujarra
La Alpujarra Mi último recuerdo de aquella noche es inenarrable, por lo fantástico y sobrenatural. ¡Solamente Hoffmann o Edgard Poe, Flaxman o Gustavo Doré, echando mano de toda su facundia figurativa, acertarÃan tal vez a darle forma, color, cuerpo, naturaleza artÃstica o literaria! —Mi tosca pluma tiene que limitarse, por consiguiente, a invocar el auxilio de la intuición de los lectores—.
Figuraos, pues, como podáis —¡oh vosotros, que me habéis seguido desde Granada hasta aquÃ, durante esa infinidad de dÃas de San José que hemos pasado en el camino!— lo que serÃa ver transcurrir toda aquella única noche correspondiente a tantos y tan solemnes dÃas compendiados en uno solo, del modo y manera que la vi transcurrir yo; esto es, en una perdurable vigilia, sin lograr pegar los ojos ni tener adonde volverlos, y reconociendo que efectivamente, como dice el refrán, entre el dÃa y la noche no hay pared.
Figuraos la silla por lecho, la mesa por almohada, el insomnio por pesadilla, el velón, ya extinguido, por compañero, y, por todo recurso y vecindad, el Infierno del Dante, o sea la cama redonda en que mis pobres amigos gritan de vez en cuando: «¡No hay esperanza!» con la angustiada voz de un horroroso duerme-vela…