La Alpujarra
La Alpujarra Pero, así y todo, ¿cómo daros, idea de aquella galop infernal (divertidísima hasta cierto punto), en que danzaban a un mismo tiempo, o paseaban su gravedad en el centro del vórtice inconmensurable, mujeres y hombres, montañas y ríos, bestias y pájaros, flores o insectos, con la humorística singularidad de haberse usurpado recíprocamente sus vestiduras los Tres Reinos de la Naturaleza? ¿Cómo describiros todas aquellas nuevas fábulas de Esopo, todas aquellas nuevas metamorfosis mitológicas, todas aquellas nuevas alegorías apocalípticas, todas aquellas metempsícosis fehacientes, en que los montes y los edificios tomaban, por ejemplo, el aspecto humano, y los hombres se convertían en árboles o arroyos, y las flores y las frutas en mujeres, y las mujeres en caprichosas nubes, y los irracionales en lo que mejor les parecía (del propio modo que en el presente libro), trocándose por lo general lo inmueble en semoviente y viceversa, y ofreciendo todos estos disfraces, en su misma excentricidad, algún sentido filosófico, alguna paridad remota, alguna lógica íntima, alguna verosimilitud y congruencia, dentro de la ilimitada libertad de la metáfora?
¡Imposible! ¡Imposible!