La Alpujarra
La Alpujarra Ya había salido el sol (eran las seis) cuando bajamos al soi dissant río Grande de Órgiva, desde donde saludamos a lo lejos por última vez a los buenos amigos de aquella villa.
Reducidos entonces a nuestra propia consideración, y antes de lanzar el espíritu en descubierta por el emprendido sendero, nos pasamos revista unos a otros…
Ninguna ocasión mejor, por consiguiente, para presentaros nuestros nuevos compañeros de viaje.
Eran, como si dijéramos, tres Jefes de Tribu, acompañado cada cual de alguno de sus deudos.
Al mayor de los tres Jefes lo conocíamos de antemano y le profesábamos mucho cariño. Era la persona cuyo nombre figura el primero en la dedicatoria de estas páginas; persona respetabilísima, a quien varias veces habré de mencionar, penetrado de agradecimiento, cuando hable de nuestras reiteradas idas a Murtas, su patria y habitual residencia.
El que le seguía en edad era, y es, y a Dios le pido que siga siendo dilatados años, un hermosísimo Hércules, del género aristocrático y feudal, por el estilo de los Bourgraves del drama de Víctor Hugo; pero dotado de una genialidad tan franca y atractiva, a pesar de su aspecto imponente, que a las pocas horas le hablaba yo de tú… sin darme cuenta de ello.