La Alpujarra

La Alpujarra

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¡Muy pronto, sí!… La bajada era allí tan pendiente como áspera había sido la subida por el otro lado. —Aquello era ir ya de cabeza a la playa—. Así es que, a los pocos minutos, en la cuesta llamada de Alfornon, empezamos a ver otra vez hojas en los árboles, otra vez olivares y viñas, y otra vez blancos cerezos y colorados guindos…

(Esto de blancos y colorados lo digo por las flores de que estaban cubiertos).

* * *

Pero hubo más. En los abrigados barrancos de aquellas vertientes, adonde no pueden llegar nunca los aires fríos de Sierra Nevada, pero en donde tienen libre acceso los cálidos vientos africanos, nos salieron al encuentro las primeras golondrinas de 1872.

Quince días llevaban ya de estar allí, procedentes de la Costa del Moro, sin que todavía se hubiesen atrevido a salvar la Contraviesa, y mucho menos el Mulhacén, para invadir el resto de España…

Así nos lo dijo el señor Cura, el cual añadió luego:

—Todos los años hacen lo mismo, y, algunos, hasta se vuelven a África, si la primavera alpujarreña se presenta demasiado inclemente. Ya hace dos semanas que las estoy viendo revolotear por aquí, entregadas a sus observaciones meteorológicas o a sus reconocimientos militares.


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