La Alpujarra
La Alpujarra —Eso demuestra —observó uno galantemente toda la benignidad del clima de esta costa. A Guadix nunca llegan las golondrinas antes del dÃa de San Felipe y Santiago…
—Es cuando generalmente pasan la Sierra por aquella parte, —replicó el Sacerdote—. A Granada, que es tierra más baja y menos frÃa que Guadix, llegan mucho más temprano, en busca de sus antiguos nidos.
—¡Nobles viajeras, padre Cura! —exclamó el otro—. Son las eternas moriscas… ¿no es verdad?
—¿Cómo he de quitarle yo la razón a un poeta? ¡Pero no olvide usted que también son las que arrancaron las espinas de las sienes del Redentor!
—¡Justamente! Y por eso no las matan nunca los cazadores. ¡Ah! Yo adoro las golondrinas.
—Y yo también, —dijo un tercero, gran labrador por más señas, interviniendo en aquel diálogo.
—A mà me recuerdan siempre —continuó el poeta— aquel Último Abencerraje de Chateaubriand que vino a visitar religiosamente el que habÃa sido Reino mahometano.
—Pues a mà —repuso el labrador— me limpian la siembra de muchos bichos dañinos.
—Es un tercer mérito de estas preciosas aves, se apresuró a exclamar discretÃsimamente el señor Cura.
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