La Alpujarra
La Alpujarra Hablando así, llegamos a un Barrio, denominado Alfornon, anejo de un lugar, distante de allí tres kilómetros, que se llama Sorvilan.
En las 122 casas de aquel barrio no había casi nadie cuando nosotros pasamos. Solo algún niño que todavía no sabía andar sino a gatas, o algún viejo que ya se encontraría otra vez en el mismo caso, vimos sentados al sol, en el tramo de tal o cual puerta, como encargados de custodiar la aldea durante la ausencia de sus moradores…
Esto trajo a nuestra imaginación aquellos aduares que encontró el ejército del difunto General O’Donnell en las estribaciones de Cabo-Negro, el día de su paso al llano de Tetuán. ¡La misma soledad, más triste aún que la de los despoblados! ¡El mismo silencio melancólico! ¡El mismo aparente aislamiento y olvido del resto del mundo!
La única diferencia que existía entre los aduares africanos y el barrio alpujarreño, era que los habitantes de aquellos los habían abandonado para guerrear, y los de este para cultivar las laderas de los montes circunvecinos.
—Pero ¿y las mujeres? —me diréis.