La Alpujarra
La Alpujarra ¡Conserve clara su vista, despierto su oído y fino su paladar, para que siga distinguiendo el hongo de la seta, el canto de la alondra del silbo de la serpiente, y el café de moka del indiano caracolillo!…
¡Dele, en fin, gratas ilusiones por el día y deliciosos ensueños por la noche!…
Y la paz.
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Hecha nuestra oración matutina, que no se diferenció mucho de la precedente, cogimos nuestros historiadores, geógrafos y poetas relativos a la Alpujarra; abrimos de par en par los balcones, que por cierto daban a la mismísima rambla; nos instalamos en ellos por lo pronto, y, ora valiéndonos de la lectura, ora de nuestras propias observaciones, emprendimos un doble estudio de la bienhadada villa de Albuñol.
La mañana estaba hermosísima. El sol, que salía en aquel momento, doraba únicamente, como la tarde antes, las crestas de los montes. La rambla, solitaria y silenciosa (pues no había para qué hacer alto en los pajarillos que revolaban y cantaban acá y acullá), tenía algo de exótico y ajeno a nuestro continente o a nuestra zona, algo de valle tropical, algo de África o de América. ¡Tanta era la templanza del aire, a pesar de ser las seis de la mañana de un día de marzo; tal la lujosa vegetación de las huertas; tan peregrina la índole de las plantas; tan ricos y penetrantes sus aromas!