La Alpujarra

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Baste decir a buena cuenta (pues más adelante hemos de hablar hasta de botánica…) que en el propio arenal de la rambla crecía la caña de azúcar, mientras que por encima de las tapias de los huertos (que tanto abundan en aquel extremo de la villa) coloreaban las naranjas, amarilleaban los limones y verdegueaban las anchas hojas de los plátanos.

La intensa luz del sol, como una inundación descendente, amenazaba anegar muy pronto con sus olas de fuego aquella honda calle de montañas, a la sazón tan húmeda y deliciosa… Pero, entre tanto, respirábase allí no sé qué paz de los sentidos, que se convertía en paz del alma, y que traía a la imaginación los ideales de silencio, de reposo y de ventura de los poetas árabes. La sombra es la alegría del africano, como el sol es la alegría del europeo.

Ninguna casa más a propósito que la en que nos encontrábamos para apreciar y sentir todas las ventajas poéticas de la situación geográfica de Albuñol. Recuéstase esta villa en una especie de cabo o promontorio determinado por la confluencia de la Rambla de Ahijon con la de Aldáyar, las cuales, al juntarse, forman un ángulo casi recto, y constituyen la Rambla de Albuñol. Pues bien: aquella casa está edificada en el vértice de dicho ángulo, en la punta del promontorio, en el encuentro de las dos primeras ramblas, —sobre las cuales dan ora estos, ora aquellos de sus balcones—.


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