La Alpujarra
La Alpujarra Pero la verdad es que la fantasía del viajero menos soñador solo se preocupa ya allí del que hemos calificado de boulevard alpujarreño, o sea de la gran Rambla, que pone en comunicación a Albuñol con la mar y sus pescados.
Si este boulevard fuera recto, se vería el líquido elemento hasta desde los balcones bajos de aquella casa; pero, como la Naturaleza solo ama la línea curva, y la rambla, hace, por lo tanto, muchas eses, hay que subir a los balcones altos para persuadirse de que está uno, aunque disimuladamente, en la mismísima costa.
Desde allá arriba, esto es, desde el primer piso, descúbrese, sí, de un modo claro, entre el matizado verdor de la tierra y la diafanidad del horizonte, una ancha faja de azul mucho más turquí que el del cielo (cuando la reverberación del sol no hiere la vista), o (en el caso contrario) una bruñida lámina de acero, cuya refulgencia añade algo de sobrenatural y olímpico a tan espléndido paisaje…
Es el agua que media entre la Alpujarra y el Riff.
Y aquí debo explicaros el «aunque disimuladamente» que subrayé hace pocos renglones.
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Un célebre historiador, haciendo la pintura de estas tierras, escribía en 1570: