La Alpujarra
La Alpujarra Y eso y no otra cosa es la Alpujarra: un rincón del mundo que sirvió de teatro a grandes y memorables tragedias, pero de donde la intolerancia y el miedo de los vencedores de un día arrancaron de cuajo la población, arrasando palacios y castillos, poniendo fuego a villas y aldeas, arando hasta los cementerios, y no dejando en pie otros monumentos u otros testigos de la dominación de la raza vencida y expulsada, que algún hueco en las rocas, algún árbol que se salvó del hacha, los montes inconmovibles, los ríos de históricos nombres, el mar eterno, y los miles de fantasmas que la imaginación del caminante pueda ir evocando en el mudo imperio de tanta soledad y tanta muerte.
Ni ¿a qué más? El arqueólogo podrá necesitar vestigios reales y fehacientes de lo pasado para enriquecer colecciones y museos; pero el poeta solo necesita verificar los sitios históricos para sentir en ellos la infinita melancolía de los destinos humanos. Las sabanas de arena que cubren hoy los antiguos campos de Babilonia no impiden que el peregrino se detenga en ellos, con reverente tristeza, a evocar y restablecer por medio de su fantasía las escenas en que figuraron Nemrod, Sardanápalo y Baltasar.
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