La Alpujarra
La Alpujarra Por eso, sin duda, el malogrado Lafuente Alcántara, apreciando imparcialmente el verdadero estado de las cosas, nos decía, sin ambages ni rodeos, que «el desaliento y la confusión reinaban en Granada con el Levantamiento de los moriscos y la audacia y energía de ABEN-HUMEYA», y que «hasta los más acérrimos partidarios de medidas severas mostrábanse va arrepentidos de haber provocado tantas desgracias y una Guerra tan cruel».
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A todo esto, era ya muy tarde y nos caíamos de sueño.
Levantamos, pues, la sesión, no sin asegurarnos antes de que los cuatro historiadores continuarían teniéndonos al corriente de todas las vicisitudes de la comenzada Guerra: dímosles y nos dimos las buenas noches; y nos acostamos con la cabeza llena de fantasmas de cronistas difuntos, entre los cuales el que más agitó mi sueño fue el adusto espectro de D. Diego Hurtado de Mendoza, de aquel «hombre de grande estatura y feo de rostro» que tan magistralmente nos retrata el Comendador de León, Don Baltasar de Zúñiga.
La Cueva de los Murciélagos
Al ser de día estábamos a caballo.
—¡Hasta el Domingo de Ramos a las ocho de la noche! —nos dijeron por vía de recuerdo nuestros bondadosos huéspedes.
