La Alpujarra

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Por último: a la noche nos obsequió el cielo con una magnífica tempestad, que duró desde las siete hasta las diez, y cuyos majestuosos truenos, repetidos por todos los montes y valles de la Contraviesa en retumbantes y prolongados ecos, simulaban el cañoneo más espantoso de que pueden tener idea los nacidos.

Era la propia tormenta que conjuró la noche anterior la súbita salida de la Luna… Por lo visto, los enconados elementos habían vuelto a encontrarse de manos a boca; y, no llegando esta vez la Tiple de los cielos a punto de meterse por medio y poner paz, habían desnudado los aceros y trabado aquella descomunal contienda…

Yo no sé quién saldría vencedor, ni si llegaría a morir alguno de ellos. Lo que sé es que, cuando nos acostamos, todo había concluido… El más profundo silencio reinaba en la naturaleza, turbado solamente por el oficioso lloriqueo de las chorreras que afluyen a la Rambla, y la Luna se paseaba con la mayor calma por las soledades del ya despejado firmamento, sin darse por entendida de lo que había pasado. ¡Y eso que el mar había sido uno de los combatientes! ¡Eso que el mar es su amante, como sabe todo el mundo! ¡Eso que la muy taimada había presenciado el fin de la refriega, oculta detrás de un cortinaje de nubes! ¡Eso que probabilísimamente ella habría tenido la culpa de todo!… Pero la Luna es la Luna.

Y no recuerdo más del LUNES SANTO.


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