La Alpujarra

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En cambio, había llegado el momento de dirigirnos a dos pueblos que no figuran entre los que acabamos de citar; a dos pueblos que no descubríamos desde aquel viso, precisamente porque eran los que más cerca se hallaban de nosotros; a Cádiar y Narila, en suma, que, como quien dice, estaban escuchando la conversación.

Cádiar, patria y residencia habitual de D. FERNANDO el Zaguer, y algunas veces corte del mismo ABEN-HUMEYA; y la diminuta Narila, que, según veremos, viene a ser como el Trianon de aquel Versalles, quedaban escondidos en lo hondo del foso que nos separaba de la Sierra y tapados por algunos montículos que se prolongan entre los lechos del Cádiar y del Yátor…

—¡Bajemos a Cádiar! —gritose en las filas luego que hubimos saciado nuestros ojos en la contemplación de la gran cordillera.

—¡Sí!… ¡Sí!… ¡Bajemos a Cádiar! —repetí yo, pasando de una devoción a otra, o sea recordando que en Cádiar principia el terrible drama intitulado Aben-Humeya, escrito por el ilustre Martínez de la Rosa.

Pero antes de bajar y de convertir por ende mi atención a los espectáculos humanos, torné a abarcar con la vista el espectáculo divino de la Sierra, a la cual pedí perdón de todas las puerilidades humorísticas que solía deducir de su aspecto verdaderamente augusto.


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