La Alpujarra
La Alpujarra ABEN-ABOO.—Cuando hayamos borrado, a fuerza de honrosos combates, las señales de nuestros hierros; cuando seamos dueños de algunos palmos de tierra en que zanjar a lo menos nuestros sepulcros; cuando podamos siquiera decir que tenemos patria, los que logren sobrevivir a tan larga contienda podrán a su salvo elegir Rey… y aún entonces no debiera ser la corona ciego don del acaso, sino premio del triunfo.
ABEN-HUMEYA.—Por mi parte, Aben-Aboo, ni aún aspiro a ese premio; y puedo de buen grado cederle a otros… Los Aben-Humeyas tienen su puesto seguro: siempre son los primeros en las batallas.
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En el Segundo Acto, el teatro representa la Plaza de Cádiar.
Es la terrible Nochebuena de 1568, la noche de la matanza de los cristianos de aquel lugar por los implacables Monfíes.
MULEY CARIME, el suegro de ABEN-HUMEYA, acaba de salvarle la vida a un muchacho, y tres de los feroces asesinos están censurando aquel hecho del antiguo MIGUEL DE ROJAS:
MORISCO 1.º.—¡Lástima es que haya tomado nuestros vestidos… Mejor le asentaba el traje castellano.