La Alpujarra
La Alpujarra ABEN-HUMEYA.—Escuchadme un instante: voy a concluir. Yo he agravado el peligro en que se halla mi padre: cada golpe que descargo puede acelerar su muerte; y, sin embargo, no he vacilado un punto.—¡Pensad, pensad vos mismo si habrá algo en el mundo que pueda contenerme!
MULEY CARIME.—¿Por qué me echas esas miradas? ¿Que quieres decirme con ellas?
ABEN-HUMEYA.—Ya que os he mostrado hasta el fondo de mi corazón, voy a consultaros sobre aquel grave asunto…, y adivinaréis desde luego cuáles pueden ser las resultas. En nuestro mismo seno hay un traidor…
MULEY CARIME.—¡Un traidor! ¿Lo sabes de cierto?
ABEN-HUMEYA.—De cierto. Vos mismo vais también a quedar convencido. ¿Qué castigo merece?
MULEY CARIME.—¿Tiene hijos?
(ABEN-HUMEYA se queda callado).
¿No me contestas, ABEN-HUMEYA?
ABEN-HUMEYA.—No los tendrá mañana.
MULEY CARIME.—(Aparte). ¡Qué recuerdo, Dios mío!…
ABEN-HUMEYA.—Parece que os turbáis…
MULEY CARIME.—No por cierto… Compadezco a ese desdichado… ¡Soy padre como él!
ABEN-HUMEYA.—Bien se echa de ver que os inspira mucha compasión… ¿Sabéis por ventura quién sea?