La Alpujarra
La Alpujarra MULEY CARIME.—¿Y como quieres que lo sepa?…
ABEN-HUMEYA.—Recapacitad un poco… Recorred vuestra memoria Tal vez el corazón os ayudará también…
MULEY CARIME.—Más fácil seria que tú me lo dijeses…
ABEN-HUMEYA.—¿Queréis fórzarme a ello?
MULEY CARIME.—Yo no te esfuerzo: antes te lo suplico.
ABEN-HUMEYA.—Y, por mi parte, haría el mayor sacrificio, a trueque de evitarlo.
MULEY CARIME.—¿Y por qué te cuesta tanto pronunciar el nombre del reo?
ABEN-HUMEYA.—¡Por qué al salir de mi boca, lleva consigo la sentencia de muerte!
MULEY CARIME.—¡La sentencia de muerte!
ABEN-HUMEYA.—Y en el mismo instante.
MULEY CARIME.—(Con voz alterada). Mucho me compadece ese desgraciado; te lo confieso… Mas, puesto que estás empeñado en decirme su nombre…
ABEN-HUMEYA.—Al contrario: no vais a oírlo.
MULEY CARIME.—¿No?
ABEN-HUMEYA.—Vais a verlo con vuestros propios ojos.
MULEY CARIME.—Basta. (Pausa. Luego, mirando a ABEN-HUMEYA, y señalándole el aposento de su mujer, dice:). ¿Eres tú el único depositario de este secreto?