La Alpujarra

La Alpujarra

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En Narila (576 habitantes), que, como ya dije, viene a ser un delicioso apéndice de Cádiar —de la cual dista dos o tres kilómetros—, solo estuvimos una hora.

Casi toda ella la pasamos con el señor cura del lugar, quien se hallaba en la iglesia disponiendo el monumento para el día siguiente (JUEVES SANTO), sin miedo alguno a los sectarios de MAHOMA (que ya llevaban más de trescientos años de no parecer por la Alpujarra), y satisfecho y agradecido a Dios de que todavía no se hubiese encarnizado en sus ovejas otro enemigo de la Fe, muy más fiero y temible hoy que los moros: el monstruo de la impiedad y el racionalismo.

La conversación sobre este punto salió a propósito de unos retratos de D. FELIPE EL HERMOSO y de DOÑA JUANA LA LOCA, fundadores de aquel templo, que vimos en el retablo del Altar Mayor.

—¿Cómo se salvarían estos retratos y este retablo de las sacrílegas devastaciones de los Monfíes?, —le preguntamos al señor cura.

—No sé: muchas veces me lo he preguntado a mí propio, —nos respondió el padre de almas.

—Y es tanto más extraño, —repusimos nosotros—, cuanto que aquí mismo, dentro de esta iglesia, aquellos bárbaros mataron a su antecesor de usted, que se llamaba CEBRIÁN, y a todos los cristianos de Narila.

—Ya lo sé, —respondió el señor cura.


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