La Alpujarra

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Velaban pues, muchos por la seguridad del REYECILLO; el cual, después de haber pasado la mayor parte de la noche en una zambra, o baile moruno, acababa de entrar en su casa y de recogerse en sus habitaciones.

Por asistir a aquella fiesta, no había partido hacía ya algunas horas en busca de los que conspiraban contra él; pues hay que advertir que a eso de las once, cuando se dirigía al baile, recibió un aviso de todo lo que se urdía en Cádiar

«Pero él no había querido decir nada» (refiere Mármol); bien que, desde que lo supo, «tenía dos caballos ensillados y enfrenados… y más de trescientos moros de guardia al derredor del lugar para caminar antes que amaneciese. Después, cansado de festejar, se había ido a su posada…»

No dio, sin embargo, la orden de que se retirasen los que toda la noche le habían estado aguardando con el pie en el estribo; lo cual significa que solo se proponía descansar algunos instantes, creyendo sin duda que el Destino le consentiría, como otras veces, aquella tardanza en acudir a la defensa de su amenazada vida…

Dormitaba, pues, ABEN-HUMEYA a eso de las tres de la madrugada.

«En el aposento había una hacha de cera ardiendo», dice Pérez de Hita.


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