Detras de la mascara
Detras de la mascara Coventry obedeció a Jean con una sonrisa; el cuadro escénico estaba formado por dos amantes, el joven caballero arrodillado pasando el brazo alrededor de la cintura de la joven, quien trata de ocultarlo con su pequeño mantón mientras reclina la cabeza sobre su regazo en un gesto de intenso temor, asustada por la inminente llegada de sus perseguidores. Jean dudó por unos instantes y pareció encogerse cuando él le acarició la mano; la joven se sonrojó de inmediato y miró gravemente a Coventry. Después, poco antes de alzarse el telón, se sumergió en su papel con una gran y repentina determinación. El brazo de Jean que sostenía el manto cubría casi por completo la figura de Coventry, mientras el otro acogía su cabeza sobre el pañuelo de muselina que tapaba el regazo de aquélla; entonces Jean miró hacia atrás con una expresión tan aterradora que más de un amable y joven espectador deseó salir corriendo a rescatarla. El efecto duró sólo unos instantes, pero en ese momento Coventry pudo experimentar una nueva sensación. Muchas mujeres le habían sonreído, pero él siempre había reaccionado de forma fría, descuidada e inconsciente ante el poder que una mujer puede atesorar y utilizar para atraer o hacer sufrir a un hombre. Entonces, mientras permanecía arrodillado con un suave brazo que le rodeaba, una esbelta cintura que respondía a su tacto y un corazón de doncella que palpitaba junto a su mejilla, pudo experimentar por primera vez en su vida el hechizo indescriptible de una mujer, motivo por el cual fue capaz de representar a la perfección el papel de un ardiente amante. En el preciso instante en que su rostro adquiría este nuevo y agradable aspecto, el telón descendió. Sólo la clamorosa ovación del público le permitió advertir que la señorita Muir se esforzaba por desembarazarse de él, puesto que Coventry, sin querer, la había sujetado demasiado fuerte. Él se levantó como si no entendiera lo que estaba pasando y miró a Jean como nunca antes había mirado a una mujer.