Hombrecitos
Hombrecitos Daisy era un encanto; una admirable miniatura de mujer, con bellísimas cualidades. Cuidaba bien de las cosas de la casa; tenía perfectamente ordenada una familia de muñecas; no daba un paso sin su cestita de labor, y cosía con tal esmero que Medio-Brooke se ufanaba luciendo un pañuelo dobladillado por su hermana; Josy tenía un chaleco de franela cosido por Daisy. La pequeñuela limpiaba las porcelanas y cuidaba los saleros, colocaba los cubiertos, limpiaba, con un plumerillo, el polvo y ayudaba en todas las faenas domésticas. Medio-Brooke la defendía con heroísmo en las batallas de almohadas y no se avergonzaba de pregonar los méritos de su hermana. Esta juzgaba a su hermano gemelo como el niño más notable del mundo, y todas las mañanas, corría a despertarlo, diciéndole:
—¡Arriba, hijo mío: ya es hora del desayuno; aquí tienes tu cuello limpio!
Rob era un chicarrón que parecía haber resuelto, en la práctica, el problema del movimiento continuo. Jamás estaba quieto; mas no era díscolo ni batallador; era, sí, charlatán, y vivía agitándose entre su padre y su madre.