Hombrecitos

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Teddy era muy pequeño para intervenir activamente en los asuntos de Plumfield; sin embargo, tenía su esfera de acción. Todos sentían, alguna vez, la necesidad de acariciarlo, y Teddy, muy aficionado a lo mismo, estaba siempre dispuesto a dejarse besar; vivía pegado a la mamá y se le permitía meter su dedito en los platos de dulce.

Dick Brow y Adolfo o Dolly Pettingill tenían ocho años; Dolly tartamudeaba, y poco apoco se iba corrigiendo sin que nadie le hiciera burla; el señor Bhaer lo curaba haciéndole hablar despacio; por lo demás, era un chico estudioso y jovial.

El pobre Dick era giboso y soportaba tan alegremente su giba que una vez le preguntó Medio-Brooke:

—¿Da buen humor el ser jorobado…? Si es así desearía serlo.

Dick vivía contento: su cuerpo contrahecho encerraba un alma abnegada. Al llegar a Plumfield, lamentó ser giboso, pero se consoló, porque nadie se burló de él; el señor Bhaer impuso enérgico correctivo a un muchacho que se permitió reír a costa del jorobadito.

En aquella ocasión, Dick dijo, sollozando, a su atormentador:

—Dios no ve mi deformidad, porque tengo en el alma la rectitud que falta a mi cuerpo.


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