Hombrecitos

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Nat estaba tan triste que no pudo insistir. Comprendía que había perdido el socio protector, que había quebrado, que nadie se fiaba de él, que la razón social estaba rota, que la firma quedaba deshecha, que era hombre arruinado y que en el granero, que era la Bolsa de Plumfield, no tenía sitio.

Tommy, por recelos que antes no sintiera, se negó a admitir un nuevo socio y rechazó una proposición de Ned, murmurando con honrado espíritu de justicia:

—Debo esperar a que Nat demuestre su inocencia. Si la demuestra, volveremos a ser socios. No creo que eso ocurra, pero ante esa posibilidad esperaré.

Tommy no encontró colaborador de más confianza que el pobre Billy; éste aprendió pronto a buscar huevos, y se contentaba con recibir, de vez en cuando, una manzana o un dulce como pago por su trabajo. A la mañana siguiente de aquel domingo en que Dan estuviera tan sombrío, Billy dijo a Tommy:

—No hay más que dos huevos.

—Esto va de mal en peor; ¡qué gallinas tan antipáticas! —gruñó Tommy recordando la frecuencia con que Nat recogía seis huevos diarios—. Bueno, échalos en mi sombrero, y dame la tiza para llevar la cuenta.

Billy puso una silla para buscar la tiza en lo alto de la máquina vieja. De repente exclamó:

—Aquí hay algo que parece dinero.

—¡Déjame en paz, y trae la tiza!


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