Hombrecitos
Hombrecitos —Lo siento mucho. Y… ¿curaba la viejecita a los gatos?
—Algunas veces. Cuando se rompÃan una pata se la entablillaba y sanaban; a los que tenÃan tos los curaba con cocimientos de hierbas medicinales.
—Tengo que contarle todo eso a mi hermana. Tú sabes muchÃsimas cosas y has vivido en ciudades grandes, ¿verdad…?
—¡Ojalá no hubiera sido asÃ…!
—¿Porqué…? ¿No lo recuerdas con gusto…?
—No.
—¡Es raro!
—¡Qué demonio ha de ser raro…! Digo… no, he querido decir… —murmuró Dan, lamentando que se le hubiese escapado la exclamación, sobre todo delante del Diácono.
—Bueno, haré como que no la he oÃdo y estoy seguro de que no la repetirás.
—No la repetiré, si puedo evitarlo. Esta es otra de las cosas que yo no debÃa recordar —murmuró Dan, abatido.
—Te corregirás; ya no dices ni la mitad de las palabrotas que decÃas antes; tÃa Jo está muy contenta porque comprende que es una de las costumbres más difÃciles de corregir.
—¿Dice eso…?