Mujercitas
Mujercitas —¿A qué deudas te refieres, Amy? —preguntó Meg, muy seria.
—Debo por lo menos una docena de limas confitadas y no podré pagarlas hasta que tenga dinero, y mamá me ha prohibido comprar nada a cuenta en la tienda.
—ExplÃcame eso. ¿Ahora se han puesto de moda las limas? Antes nos peleábamos por conseguir trozos de goma para fabricar pelotas. —Meg intentaba mantener la compostura, porque Amy habÃa adoptado una actitud muy solemne y serÃa.
—Bueno, todas las niñas las compran y, si no quieres que te tomen por tacaña, tienes que hacer lo mismo. Es como si no hubiese nada más, todas las niñas las chupan en sus pupitres y las cambian a la hora del patio por lápices, sortijas de vidrio, muñecas de papel o cualquier otra cosa. Si una niña te cae bien, le regalas una lima; si estás enfadada con ella, te comes una delante de sus narices y no le ofreces probarla. Nos invitamos unas a otras. Yo he recibido muchas invitaciones pero no he podido corresponder y debo hacerlo porque son deudas de honor, ¿sabéis?
—¿Cuánto necesitas para pagar tus deudas y recuperar tu buen nombre? —preguntó Meg sacando su monedero.
—Con un cuarto de dólar tendrÃa suficiente y aún me quedarÃan unos centavos para invitaros a vosotras. ¿Os gustan las limas?