Mujercitas
Mujercitas —Hoy en dÃa nadie se hace rico de ese modo. Los hombres tienen que trabajar y las mujeres, si quieren dinero, han de casarse. Vivimos en un mundo muy injusto —dijo Meg con amargura.
—Jo y yo vamos a hacer fortuna y os mantendremos a todas; espera diez años y ya verás —sentenció Amy, que sentada en un rincón hacÃa «pastelitos de barro», como Hannah llamaba a las figuritas de pájaros, frutos y rostros de arcilla que modelaba.
—No puedo esperar y, además, me temo que no comparto vuestra fe en la tinta y el barro, aunque agradezco tus buenas intenciones.
Meg suspiró y volvió nuevamente la mirada hacia el jardÃn helado; Jo resopló y apoyó los codos sobre la mesa, con aire abatido, pero Amy la salpicó para animarla. Beth, sentada ante la otra ventana, dijo con una sonrisa:
—Ahora mismo van a ocurrir dos cosas buenas. Marmee sube por la calle y Laurie está atravesando el jardÃn y parece que trae buenas noticias.
Cuando entraron, la señora March formuló la pregunta habitual: «Niñas, ¿ha llegado carta de vuestro padre?», y Laurie propuso en tono persuasivo: