Mujercitas
Mujercitas Durante unos minutos, no se oyeron en la habitación más que sollozos y palabras de ánimo entrecortadas, tiernas promesas de ayuda y susurros esperanzados que terminaban en llanto. La pobre Hannah fue la primera en recuperarse y, con la sabidurÃa natural que la caracterizaba, se convirtió en ejemplo para el resto al buscar consuelo en el trabajo, que consideraba la panacea de todos los males.
—¡Que el Señor salve a este buen hombre! No perderé tiempo llorando, iré a preparar sus cosas enseguida, señora —dijo, con el corazón roto, secándose las lágrimas con el delantal. A continuación, tendió sus manos encallecidas para apretar con ternura las de la señora March y fue a hacer ella sola el trabajo de tres mujeres.
—Tiene razón. No hay tiempo para lamentaciones. Niñas, tranquilizaos y dejad que piense.
Las pobrecillas lo intentaron, mientras su madre, pálida pero serena, hacÃa a un lado el dolor para pensar y organizar el plan del viaje.
—¿Dónde está Laurie? —preguntó de súbito.
—Aquà estoy, señora. Por favor, dÃgame en qué puedo ayudarla —rogó el muchacho, que llegó corriendo desde la habitación contigua, a la que se habÃa retirado porque habÃa sentido que un trance asà requerÃa intimidad y era tan sagrado que hasta la presencia de un amigo estaba de más.