Mujercitas
Mujercitas No estaban previstas ceremonias especiales. Todo serÃa lo más natural y hogareño posible. Asà pues, cuando la tÃa March llegó, se escandalizó al ver a la novia salir corriendo para darle la bienvenida y acompañarla dentro, donde encontró al novio fijando una guirnalda descolgada y al padre subiendo por las escaleras con expresión seria y una botella de vino bajo cada brazo.
—Por Dios, ¡cómo está todo! —exclamó la anciana. Se sentó en el lugar de honor reservado para ella y se alisó el vestido de moiré de color lavanda que lucÃa, con el consiguiente frufrú del tejido—. Niña, nadie deberÃa verte hasta el último momento.
—No soy un espectáculo, querida tÃa, y nadie viene a verme, a criticar mi vestido o a calcular el coste de la comida. Soy demasiado feliz para preocuparme de lo que diga o piense la gente, y tendré una boda sencilla, como siempre he querido. John, querido, aquà está el martillo. —Y Meg fue a ayudar a «aquel hombre» en tan inadecuada labor.
El señor Brooke no le dio las gracias pero, al asir la poco romántica herramienta, besó a la novia detrás de la puerta y la miró de una forma que hizo que la tÃa March echase mano de su pañuelo para secarse unas lágrimas de emoción que habÃan aflorado a sus viejos y perspicaces ojos.