Mujercitas

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—Vieja gruñona, echa el cerrojo, siéntate junto al fuego e hila —cacareó Polly, inclinado desde su percha sobre el rostro de Jo de una forma tan cómica e impertinente que nadie pudo evitar soltar una carcajada.

—¡Qué pájaro tan observador! —comentó la anciana.

—¿Quieres salir a dar un paseo, querida? —prosiguió Polly, que saltó sobre el aparador donde guardaban los juegos de porcelana y miró con delicia los terrones de azúcar.

—Gracias, así lo haré. ¡Venga, Amy! —Y así fue como Jo dio por terminada la visita, más convencida que nunca de que las visitas no le sentaban bien. Estrechó la mano a sus tías como si fuese un hombre, mientras que Amy las besó a ambas. Las jóvenes salieron de la casa, donde dejaron dos impresiones muy distintas, la de la luz y la oscuridad, impresiones que, en cuanto se marcharon, hicieron a la tía March comentar:

—Siga adelante, Mary. Yo pondré el dinero.

—Así lo haré en cuanto los padres me den su permiso —repuso la tía Carrol.


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