Mujercitas

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—¡Oh, no, querida! No me guardes rencor, te lo ruego. Mira, es una cuestión meramente práctica. Mis hijas pronto tomarán el relevo de la organización y creo que este puesto es el lugar más adecuado para ellas. Considero que lo has hecho muy bien y agradezco mucho tus esfuerzos por dejarlo tan bonito, pero hemos de aprender a superar nuestros deseos egoístas. Me ocuparé de que te den otro. ¿No te gustaría hacerte cargo del puesto de flores? Lo han organizado las niñas y están algo desmotivadas. Tú podrías hacer algo estupendo, y el puesto de flores siempre llama la atención.

—Sobre todo a los caballeros —añadió May con una mirada tan elocuente que Amy comprendió de inmediato que ella era la causa de su repentina caída en desgracia. Se puso roja de rabia, pero prefirió hacer oídos sordos al sarcasmo de la joven y repuso con sorprendente afabilidad:

—Haré lo que usted quiera, señora Chester. Dejaré este puesto ahora mismo e iré a ocuparme de las flores si así lo desea.

—Puedes colocar tus cosas en tu mesa, si lo prefieres —indicó May, que sintió cierto arrepentimiento al contemplar las hermosas hileras de conchas pintadas y los magníficos manuscritos iluminados por Amy con que había decorado el puesto. No lo dijo con segunda intención, pero Amy no lo tomó bien y replicó, sin pensarlo:


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