Mujercitas
Mujercitas —Compra los jarrones… —susurró Amy a Laurie para darle una última lección de modos a su enemigo.
Para deleite de May, el señor Laurence no solo adquirió los jarrones, sino que recorrió toda la estancia con ellos en brazos. Los otros caballeros compraron con idéntico afán toda clase de objetos y, después, se pasearon por la feria cargados de flores de cera, abanicos pintados a mano, carpetas de filigrana y otras útiles a la par que apropiadas compras.
La tÃa Carrol, que estaba allÃ, al saber lo ocurrido se mostró muy complacida y susurró algo a la señora March, que sonrió con satisfacción y miró con una mezcla de orgullo e inquietud a Amy, aunque no desveló el motivo de su dicha hasta dÃas después.
Todo el mundo estuvo de acuerdo en que la feria habÃa sido un éxito, y cuando May deseó las buenas noches a Amy, no lo hizo con el tono afectado de costumbre y le dio un beso cariñoso con el que parecÃa querer decir: «Discúlpame y olvida lo ocurrido». Amy dio por zanjado el asunto y, cuando llegó a casa, encontró una hilera de jarrones sobre la chimenea, con un ramo de flores en cada uno.
—En premio a su magnanimidad, señorita March —anunció Laurie rimbombante.