Mujercitas

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En verdad, Laurie consideraba que lo había encajado especialmente bien, puesto que no se había quejado ni había pedido comprensión y se había alejado para poder olvidar sus penas. El sermón de Amy arrojaba una nueva luz sobre la situación, pues, por primera vez, sentía que descorazonarse al primer fracaso era una muestra de debilidad y de egoísmo, al igual que protegerse adoptando una actitud de indiferencia. De pronto sintió como si hubiese despertado de un sueño y no pudiese volver a dormirse. Se sentó y preguntó con voz pausada:

—¿Crees que Jo me despreciaría tanto como tú?

—Si te viese en este estado, por supuesto que sí. No soporta a los perezosos. ¿Por qué no haces algo maravilloso y la conquistas?

—Me esforcé tanto como pude, pero fue en vano.

—¿Te refieres a graduarte con buenas notas? Eso era lo mínimo que cabía esperar de ti y lo hiciste más por dar una satisfacción a tu abuelo. Hubiese sido una vergüenza no aprobar después de invertir tanto tiempo y dinero. Y todos sabíamos que podías hacerlo.

—Pero el caso es que fracasé porque no conseguí que Jo me quisiese —dijo Laurie, con la cabeza apoyada en la mano, en un gesto melancólico.


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