Mujercitas
Mujercitas —Si se lo pido, hará lo que pueda por aprender.
—¿Y qué esperas, vivir de lo que cultivéis? Puede que suene idÃlico pero es un trabajo duro y desesperante.
—La cosecha que tendremos será muy provechosa —dijo Jo entre risas.
—Vaya, ¿y puedo saber de qué estupenda cosecha me habla, señora?
—¡Niños! Quiero abrir una escuela… una escuela que sea como un hogar en el que aprendan a ser buenos y felices. Yo los cuidaré y Fritz les dará clase.
—¡Qué idea tan estupenda! ¿No os parece que es un plan perfecto para ella? —preguntó Laurie al resto de la familia, que estaba tan sorprendida como él.
—Me gusta —dijo la señora March, rotunda.
—A mà también —convino su esposo, que celebraba la posibilidad de aplicar el método socrático a la educación de los jóvenes.
—Jo tendrá demasiado trabajo —argumentó Meg acariciando la cabeza de su absorbente hijo.
—Ella puede hacerlo y se sentirá feliz. Es una idea espléndida. ¡Cuéntanoslo todo! —exclamó el señor Laurence, que ansiaba echar una mano a la pareja pero sabÃa que ellos no aceptarÃan su ayuda.