Divina Comedia

Divina Comedia

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Nos encontrábamos ya en el punto donde el estrecho sendero se cruza con el segundo margen, que sirve de apoyo para otro arco. Allí vimos a los que se anidan en una nueva fosa, dando resoplidos por las narices y golpeándose con sus propias manos. Las orillas estaban incrustadas de moho, producido por las emanaciones que venían de abajo, que allí se condensan ofendiendo a la vista y al olfato. La fosa es tan profunda que no se puede ver el fondo sino mirando desde la parte más alta del arco, y desde aquel punto vimos en el foso unas gentes sumergidas en un estiércol que parecía salir de letrinas humanas[149]. Y mientras tenían la vista fija allí dentro, vi uno con la cabeza tan sucia de excrementos que yo no podía saber si era clérigo o seglar. Aquella cabeza me dijo:

—¿Por qué te muestras tan ávido de mirarme a mí, con preferencia a los otros, que están tan sucios como yo?

Le respondí:

—Porque, si mal no recuerdo, te he visto otra vez con los cabellos enjutos. Tú eres Alejo Interminelli, de Lucca. Por eso te miro más que a todos los otros[150].

Entonces él, golpeándose la cabeza, exclamó:

—Aquí me han sumergido las lisonjas que no se cansó de prodigar mi lengua.

Después de esto, mi Guía me dijo:


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