Divina Comedia
Divina Comedia Aquél no era un camino a propósito para los que iban con capa de plomo, pues apenas podÃamos, Virgilio tan ágil y yo sostenido por él, trepar de piedra en piedra. Y a no ser porque en aquel recinto era el camino más corto que en otro alguno, no sé lo que a él le habrÃa sucedido, pero a mà me hubiera vencido el cansancio. Mas como Malebolge va siempre en declive hasta la boca del profundÃsimo pozo, cada fosa que se recorre presenta un margen que se eleva y otro que desciende. Llegamos por fin al extremo en que se destaca la última piedra. Cuando estuve sobre ella, de tal modo me faltaba el aliento, que no podÃa más. Asà es que me senté en cuanto nos detuvimos.
—Ahora es preciso que sacudas tu pereza —me dijo el Maestro—, porque no se alcanza la fama reclinado en blanda pluma ni al abrigo de las colchas; y el que sin gloria consume su vida deja en pos de sà el mismo vestigio que el humo en el aire o la espuma en el agua. Ea, pues: levántate, domina la fatiga con la voluntad, que vence todos los obstáculos mientras no se envilece con la pesadez del cuerpo. Tenemos que subir todavÃa una escala mucho más larga, pues no basta haber atravesado por entre los espÃritus infernales. Si me entiendes, deben reanimarte mis palabras[186].
—Vamos; ya me siento fuerte y atrevido.