Divina Comedia
Divina Comedia Continué examinando la banda infernal y vi cosas que no me atrevería a referir sin otra prueba, si no fuese por la seguridad de mi conciencia: esa buena compañera que, confiada en su pureza, fortifica tanto el corazón del hombre. Vi, en efecto, y aún me parece que lo estoy viendo, un cuerpo sin cabeza, andando como los demás que formaban aquella triste grey; asida por los cabellos y pendiente a guisa de linterna, llevaba en una mano su cabeza cortada, la cual nos miraba exclamando: «¡Ay de mí!». Servíase a sí mismo como de una lámpara y eran dos en uno y uno en dos. Cómo pueda ser esto sólo lo sabe Aquél que nos gobierna. Cuando llegó al pie del puente, levantó en alto su brazo con la cabeza, para acercarnos más sus palabras, que fueron éstas:
—Mira mi tormento cruel, tú, que, aunque estás vivo, vas contemplando a los muertos. Ve si puede haber alguno tan grande como el mío. Y para que puedas dar noticias de mí, sabe que soy Beltrán del Born[218], aquel que dio tan malos consejos al rey joven. Yo armé al padre y al hijo, uno contra otro. No hizo más Aquitofel[219] con sus perversas instigaciones a David y a Absalón. Por haber dividido a personas tan unidas llevo, ¡ay de mí!, mi cabeza separada de su principio, que queda encerrado en este tronco. Así se cumple conmigo la pena del talión.