Divina Comedia

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Su cabeza me parecía tan larga y gruesa como la piña de San Pedro en Roma[236], guardando la misma proporción los demás huesos; de suerte que, aun cuando el ribazo lo ocultaba de medio cuerpo abajo, se veía lo bastante para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar a su cabellera, porque yo calculaba que tendría treinta grandes palmos desde el borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la capa.

«Raphel mai amech isabi almos[237]», empezó a gritar la fiera boca, en la cual no estarían bien otras voces más suaves. Y mi Guía le dijo:

—Alma insensata, sigue entreteniéndote con la trompa y desahógate con ella cuando te agite la cólera u otra pasión. Busca por tu cuello y encontrarás la soga que la sujeta, ¡oh alma turbada!: mírala cómo ciñe tu enorme pecho.

Después me dijo:

—Él mismo se acusa: ése es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve obligado el mundo a usar más de una lengua. Dejémosle estar y no lancemos nuestras palabras al viento, pues ni él comprende el lenguaje de los demás ni nadie conoce el suyo.


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