Divina Comedia

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—Yo soy Manfredo[20], nieto de la emperatriz Constanza, por lo cual te ruego que, cuando vuelvas a la Tierra, vayas a visitar a mi graciosa hija, madre del honor de Sicilia y Aragón[21], y le digas la verdad, si es que se ha dicho lo contrario: después de tener atravesado mi cuerpo por dos heridas mortales, me volví llorando hacia Aquel que voluntariamente perdona. Mis pecados fueron horribles, pero la bondad infinita tiene tan largos los brazos que recibe a todo el que se vuelve hacia ella. Si el Pastor de Cosenza, que fue enviado por Clemente para darme caza, hubiese leído bien en aquella página de Dios, mis huesos estarían aún en la cabeza del puente, cerca de Benevento, bajo la salvaguardia de las pesadas piedras. Ahora los moja la lluvia, el viento los impele fuera del reino, casi a la orilla del Verde, donde los hizo transportar con cirios apagados[22]. Pero por su maldición no se pierde el amor de Dios de tal modo que no vuelva nunca, mientras reverdezca la flor de la esperanza. Es verdad que el que muere contumaz para con la Santa Iglesia, por más que al fin se arrepienta, debe estar en la parte exterior de la esta montaña un espacio de tiempo treinta veces mayor del que vivió en contumacia, a menos que no se abrevie la duración de este decreto merced a eficaces oraciones. Calcula, pues, lo dichoso que puedes verme, revelando a mi hija Constanza cómo me has visto, y la prohibición que pesa sobre mí y que puede alzarse por los ruegos de los que todavía existen allá arriba, en la Tierra[23].


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