Divina Comedia

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¿Qué otra cosa podría yo contestarle sino «Ya voy»? Así lo hice, cubierto algún tanto de aquel color que hace a veces al hombre digno de perdón[28]. En tanto, de través por la cuesta venían hacia nosotros algunas almas entonando, versículo a versículo, el Miserere[29]. Cuando observaron que yo no daba paso a través de mi cuerpo a los rayos solares, cambiaron su canto en un «¡Oh!» ronco y prolongado, y dos de ellas, a guisa de mensajeros, corrieron a nuestro encuentro, diciendo:

—Hacednos sabedores de vuestra condición.

Mi Maestro contestó:

—Podéis iros y referir a los que os han enviado que el cuerpo de éste es de verdadera carne. Si se han detenido, según me figuro, por ver su sombra, bastante tienen con tal respuesta; hónrenlo, porque podrá serles grato.

Jamás he visto a prima noche los vapores encendidos, ni a la puesta del Sol las exhalaciones de agosto hendir el cielo sereno tan rápidamente como corrieron aquellas almas hacia sus compañeras; y una vez allí, regresaron a donde estábamos, juntas con las demás, como escuadrón que corre a rienda suelta.

—Esa gente que se agolpa hacia nosotros es numerosa —dijo el Poeta— y vienen a dirigirte alguna súplica; tú, sin embargo, sigue adelante y escucha mientras andas.


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