Divina Comedia
Divina Comedia —Todos ésos, y Persio, y yo y otros muchos —respondió mi GuÃa—, estamos en el primer cÃrculo de la ciega prisión, con aquel griego a quien amamantaron las Musas más que a ningún otro; muchas veces hablamos del monte donde se encuentran siempre nuestras nodrizas. Alli están con nosotros EurÃpides, Anacreonte, Simónides, Agathom y otros muchos griegos que vieron ya sus frentes coronadas de laurel. De los que tú cantaste se ve allà a AntÃgona, a Deifila, ArgÃa e Ismene, tan triste como antes. Están también la que enseñó a Langia, la hija de Tiresias, y Tetis y Deidamia con sus hermanas[149].
Los dos poetas habÃan guardado silencio, mirando de nuevo con atención en torno suyo, por haber terminado la escalera y sus paredes. Ya las cuatro esclavas del dÃa habÃan quedado atrás[150], y la quinta estaba en el timón del carro solar, dirigiendo hacia arriba su luminosa punta, cuando mi GuÃa dijo:
—Creo conveniente que volvamos nuestro hombro derecho hacia la orilla del cÃrculo para dar la vuelta a la montaña, según acostumbramos a hacer.