Divina Comedia
Divina Comedia Entonces vi que, desde la hora en que miré por primera vez hacia la Tierra, había yo recorrido todo el arco formado por el primer clima desde la mitad hasta el fin, de modo que veía por un lado más allá de Cádiz el insensato paso de Ulises y por esta parte casi divisaba la playa donde Europa se convirtió en la dulce carga de Júpiter, y aún habría descubierto mayor espacio de este pequeño mundo a no ser porque el Sol me precedía bajo mis pies un signo y algo más[209]. El amoroso espíritu con que adoro siempre a mi Dama ardía más que nunca en deseos de volver nuevamente hacia ella mis ojos; y las bellezas que la Naturaleza o el arte han producido para cautivar la vista y atraer los espíritus, ya en cuerpos humanos ya en pinturas, todas juntas serían nada en comparación con el placer divino que me iluminó cuando me volví hacia su faz riente. La fuerza que me infundió su mirada me apartó del bello nido de Leda y me transportó al Cielo más veloz[210]. Sus partes vivísimas y excelsas son tan uniformes que no sabré decir cuál de ellas escogió para mi entrada en él; pero ella, que veía mi deseo, empezó a decirme, sonriéndose tan placentera que parecía regocijarse en Dios su semblante: