Divina Comedia
Divina Comedia Después que aquella que eleva mi alma al ParaÃso me manifestó la verdad contrapuesta a la vida actual de los mÃseros mortales, mi memoria recuerda que, asà como el que ve en un espejo la llama de una antorcha encendida detrás de él, antes de haberla visto o pensado en ella, se vuelve para cerciorarse si el cristal le dice la verdad, y ve que los dos están acordes, como la nota musical con el compás, asà hice yo al contemplar los hermosos ojos en los que tejió amor la cuerda que me sujetó; y cuando me volvÃ, se vieron heridos los mÃos por lo que aparece en aquel Cielo toda vez que se observe con atención su movimiento: distinguà un punto que despedÃa tan penetrante luz, que era preciso cerrar los ojos iluminados por ella, a causa de su aguda intensidad. La estrella que más pequeña parece desde la Tierra, colocada a su lado como una estrella cerca de otra, parecerÃa grande como una luna[214]. Casi tanto como el cerco de un astro parece distar de la luz que lo traza cuando el vapor que lo forma es más denso, distaba del centro de aquel punto un cÃrculo de fuego[215], girando tan rápidamente que hubiera vencido en claridad al movimiento de aquel cielo que más velozmente gira ciñendo al mundo. Este cÃrculo estaba rodeado por otro y éste por un tercero y el tercero por el cuarto, y después por el sexto el quinto; sobre éstos seguÃa el séptimo, de tan gran extensión, que Iris, la mensajera de Juno, serÃa demasiado estrecha para contenerlo por completo. Lo mismo sucedÃa con el octavo y el noveno, y cada cual de ellos se movÃa con más lentitud según su mayor distancia del Uno, teniendo la llama más clara el más cercano a la luz purÃsima porque, según creo, participa más de su verdad. Mi Dama, que me veÃa presa de una viva curiosidad, me dijo: