Divina Comedia

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Algo más lejos se detuvo el Centauro sobre unos condenados, que parecían sacar fuera de aquel hervidero sus cabezas hasta la garganta, y nos mostró una sombra que estaba separada de las demás, diciendo:

—Aquél hirió, en recinto sagrado, a un corazón que aún se ve honrado en las orillas del Támesis[114].

Después vi otras sombras que sacaban la cabeza fuera del río, y algunas hasta todo el pecho, y reconocí a muchos de ellos. Como la profundidad de la sangre iba disminuyendo poco a poco hasta no cubrir más que el pie, vadeamos el foso.

—Quiero que sepas —me dijo el Centauro— que así como ves disminuir la corriente por esta parte, por la otra es su fondo cada vez mayor, hasta que llega a reunirse en aquel punto donde la tiranía está condenada a gemir. Allí es donde la justicia divina ha arrojado a Atila, que fue su azote en la Tierra; a Pirro; a Sexto, el cual eternamente arranca lágrimas con el hervor de esa sangre; a Renato de Corneto y a Renato Pazzo[115], que tanto daño causaron en los caminos.

Dicho esto, se volvió y repasó el vado.


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