Divina Comedia
Divina Comedia Las sombras volvieron de nuevo a sus exclamaciones luego que nos detuvimos, y, cuando llegaron adonde estábamos, empezaron las tres a dar vueltas formando un cÃrculo. Y como solÃan hacer los gladiadores desnudos y untados de aceite, que antes de venir a las manos buscaba cada cual la oportunidad de lanzarse con ventaja sobre su contrario, del mismo modo cada una de aquellas sombras dirigÃa su rostro hacia mÃ, girando sin cesar, de suerte que tenÃan vuelta la cabeza en distinta dirección de la que seguÃan sus pies.
—Aunque la miseria de este suelo movedizo y nuestro llagado y sucio aspecto hagan que nosotros y nuestros ruegos seamos despreciables —comenzó a decir una de ellas—, nuestra fama debe incitar a tu corazón a decirnos quién eres tú, que sientas con seguridad los pies vivos en el Infierno. Este que ves, tan desnudo y destrozado, y cuyas huellas voy siguiendo, fue de un rango mucho más elevado de lo que te figuras. Nieto fue de la púdica Gualdrata, se llamó Guido Guerra y durante su vida hizo tanto con su talento como con su espada. El otro, que tras de mà oprime la arena, es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz deberÃa haber sido oÃda en el mundo. Y yo, que sufro el mismo tormento que ellos, fui Jacopo Rusticucci y, por cierto, que nadie me causó más daño que mi fiera mujer[137].